Más allá de todas las teorías conspirativas sobre sus causas y verdaderos responsables, lo cierto es que los atentados del 11 de septiembre de 2001 inauguraron una etapa de intervenciones militares estadounidenses que se prolongó durante más de dos décadas. En medio de la conmoción y el luto por la muerte de casi 3.000 personas en los atentados a los rascacielos de el sur de Manhattan y al Pentágono, la respuesta de Washington no se hizo esperar y no tuvo contemplaciones. Comenzó con la invasión de Afganistán, continuó con la guerra de Irak y posteriormente se extendió, bajo distintas modalidades, a otros escenarios de Medio Oriente y Asia.
Así fue como, en busca de tranquilizar a una sociedad estadounidense traumada y con sed de venganza, el combate contra Al Qaeda y otras organizaciones yihadistas se convirtió en el eje de una estrategia global que tuvo consecuencias mucho más amplias que las previstas inicialmente.
El proyecto Costs of War, desarrollado por investigadores de la Universidad Brown, estudia precisamente esas consecuencias. Su relevamiento considera como "guerras posteriores al 11-S" las operaciones militares estadounidenses y otros programas gubernamentales que surgieron de la llamada "guerra global contra el terror", iniciada después de los atentados. El análisis no se limita a contabilizar a los soldados muertos en combate, sino que incorpora a civiles, integrantes de fuerzas de seguridad locales, combatientes y contratistas, además de las personas que fallecieron por causas vinculadas indirectamente con los conflictos.
Según la reciente actualización del proyecto, publicada con motivo del 25º aniversario de los atentados, entre 2001 y 2023 más de 940.000 personas murieron como consecuencia directa de la violencia bélica en Afganistán, Irak, Pakistán, Siria y Yemen. De ese total, más de 432.000 fueron civiles. La cifra incluye tanto las muertes provocadas por enfrentamientos como aquellas producidas por bombardeos, ataques y otras formas de violencia directamente asociadas con las operaciones militares.
La magnitud del número permite dimensionar la distancia entre las casi 3.000 víctimas de los atentados del 11 de septiembre y la escala alcanzada posteriormente por los conflictos desarrollados en nombre de la lucha contra el terrorismo. No se trata, sin embargo, de afirmar que cada una de esas muertes pueda atribuirse de manera directa a acciones estadounidense, sino a los conflictos desatados a partir del escenario político y militar que abrieron los atentados en todo el mundo.
Afganistán fue el primer escenario de la reacción estadounidense tras los atentados terroristas del 11S. Apenas un mes más tarde, en octubre de 2001, Estados Unidos y sus aliados comenzaron una operación militar destinada a expulsar del poder al régimen talibán y destruir las estructuras de Al Qaeda que tenían allí sus principales bases. La intervención se prolongó durante veinte años, con distintas etapas de intensidad, y terminó en agosto de 2021 con la retirada estadounidense y el regreso de los talibanes al poder. Durante ese período, el conflicto produjo decenas de miles de muertes entre civiles, militares y miembros de fuerzas de seguridad afganas, además de miles de víctimas entre las tropas y contratistas extranjero.
La guerra de Irak abrió un segundo frente de enormes dimensiones. En marzo de 2003, Estados Unidos invadió el país con el argumento de que el régimen de Saddam Hussein representaba una amenaza para la seguridad internacional y poseía armas de destrucción masiva. Esas armas nunca fueron encontradas. La caída del gobierno iraquí no significó el final de la violencia, sino el comienzo de una etapa marcada por la insurgencia, los enfrentamientos sectarios, el terrorismo y, años después, el avance del Estado Islámico.
La violencia en Irak tuvo además efectos que trascendieron sus fronteras. El debilitamiento de las instituciones estatales y la fragmentación política y social contribuyeron a generar un escenario favorable para la expansión de grupos armados. Cuando el Estado Islámico conquistó amplias zonas de Irak y Siria en 2014, Estados Unidos volvió a intervenir militarmente en la región, esta vez mediante una coalición internacional que utilizó ataques aéreos y fuerzas especiales para combatir a la organización.
Siria se convirtió así en otro de los grandes escenarios de las guerras posteriores al 11-S. El conflicto comenzó en 2011 en el marco de la rebelión contra Bashar al Assad, pero rápidamente se transformó en una guerra internacionalizada en la que participaron el gobierno sirio, grupos rebeldes, organizaciones yihadistas y distintas potencias extranjeras. La campaña estadounidense contra el Estado Islámico agregó otra dimensión militar a un conflicto que ya había provocado un enorme número de víctimas y desplazados.
Yemen representa otro ejemplo de cómo el conflicto se expandió más allá de los escenarios originales. Las operaciones estadounidenses contra Al Qaeda en la Península Arábiga se desarrollaron durante años mediante ataques aéreos y acciones especiales, mientras que posteriormente el país quedó inmerso en una guerra civil de dimensiones enormes. El conflicto yemení provocó una de las peores crisis humanitarias del mundo y mostró con claridad la diferencia entre las muertes producidas directamente por las armas y aquellas que aparecen como consecuencia de la destrucción de las condiciones básicas de vida y de la inestabilidad desatada por fuerzas extranjeras en un país.
El desplazamiento de población constituye otra consecuencia de largo plazo. De acuerdo con Costs of War, más de 38 millones de personas fueron desplazadas, dentro de sus países o hacia el exterior, a lo largo de las guerras posteriores al 11S en Afganistán, Irak, Pakistán, Yemen, Somalia, Filipinas, Libia y Siria.
El impacto tampoco se limitó a las poblaciones de los países donde se desarrollaron los combates. Las fuerzas estadounidenses y sus aliados también pagaron un costo humano considerable. Un relevamiento anterior del proyecto Brown contabilizaba, hasta 2019, más de 7.000 militares estadounidenses muertos en los principales escenarios de guerra y casi 8.000 contratistas estadounidenses fallecidos. A esas cifras se suman los integrantes de las fuerzas de seguridad de los países aliados y los efectos de largo plazo sobre los veteranos, incluidos problemas físicos y psicológicos.
A 25 años del 11 de septiembre, la secuencia que comenzó con los atentados y continuó con la "guerra global contra el terrorismo" dejó así un escenario muy diferente del que existía en 2001. Afganistán atravesó dos décadas de ocupación antes del regreso de los talibanes; Irak sufrió la invasión, la insurgencia y posteriormente la expansión del Estado Islámico; Siria quedó devastada por una guerra internacionalizada; Yemen padeció una crisis humanitaria de enormes proporciones y Pakistán soportó durante años operaciones antiterroristas y violencia interna.
La muerte de Osama bin Laden en 2011 marcó uno de los momentos culmines de la "venganza" estadounidense, pero no significó el final de los conflictos. La retirada de Afganistán en 2021 tampoco cerró completamente la etapa iniciada dos décadas antes. La violencia, los desplazamientos, las enfermedades, la pobreza y la destrucción de infraestructura continuaron produciendo consecuencias mucho después de que las fuerzas extranjeras abandonaran los territorios que constituyeron el brutal escenario de aquella "guerra contra el terror".
