Según un informe de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (Ciccra), el consumo per cápita de carne vacuna alcanzó los 47,5 kilos por habitante al año durante los primeros meses de 2026, el registro más bajo desde 2006. La caída se produce en un contexto donde los precios de la carne aumentaron muy por encima de la inflación y continúan afectando el bolsillo de las familias.
Entre enero y mayo, la producción de carne vacuna se redujo un 7,3% respecto al mismo período del año pasado, mientras que las exportaciones crecieron un 5,1%, impulsadas principalmente por la demanda de Estados Unidos. En paralelo, el mercado interno mostró una fuerte retracción: el consumo aparente cayó un 11,1% interanual, equivalente a más de 106 mil toneladas menos destinadas a las mesas argentinas.
La explicación principal está en los precios. Mientras la inflación acumuló una suba interanual del 33,2%, la carne vacuna aumentó un 57,9% en los últimos doce meses. Actualmente, el kilo promedio ronda los $18.569, muy por encima de otras proteínas como el cerdo, que se comercializa cerca de los $9.151 por kilo, o el pollo, que cuesta alrededor de $5.048.
La diferencia también se siente a la hora de organizar un asado para ver a la Selección Argentina, que debuta hoy a las 22 horas. Un encuentro para diez personas, considerando unos tres kilos de asado, dos kilos de vacío, chorizos y morcillas, puede superar fácilmente los $90.000 sin contar bebidas, pan, ensaladas ni carbón. Si se agregan esos gastos, el costo total puede acercarse o incluso superar los $120.000, una cifra que para muchos hogares resulta difícil de afrontar.
Ante este escenario, los argentinos modifican sus hábitos de consumo y buscan alternativas más económicas. El pollo ya alcanzó niveles de consumo cercanos a los 47 kilos por habitante al año, prácticamente igualando a la carne vacuna, mientras que el cerdo superó los 19,5 kilos per cápita y marcó un récord histórico. Aunque el consumo total de carnes se mantiene elevado, la composición de la mesa argentina está cambiando y el tradicional asado comienza a convertirse en un lujo cada vez más ocasional.
